En el Japón de los años treinta, un sonido muy particular anunciaba la llegada de las historias. Eran dos pequeñas piezas de madera llamadas hyoshigi que los narradores ambulantes golpeaban entre sí para reunir a los niños del barrio.
Viajaban en bicicleta, llevando un pequeño teatro de madera y una colección de láminas ilustradas. También vendían golosinas, que eran su principal sustento. Una vez reunido el público, abrían las puertas del teatro y comenzaba la función.
Así se popularizó el kamishibai, que significa «teatro de papel». Mientras el narrador interpretaba diferentes personajes, las ilustraciones se deslizaban una tras otra, revelando cada escena de la historia.
Muchas aventuras se contaban por episodios y terminaban justo en el momento más emocionante, para que los niños regresaran al día siguiente.
Con la llegada de la televisión, aquellos narradores fueron desapareciendo de las calles, pero el kamishibai encontró nuevos espacios en escuelas, bibliotecas y hogares.
Hoy sabemos que escuchar cuentos y compartir lecturas favorece el desarrollo del lenguaje, la imaginación y los vínculos entre niños y adultos.
Quizás ahí esté la mayor virtud de este pequeño teatro: convertir algo tan sencillo como contar una historia en una experiencia compartida.